8-M, agua
Marta Fernández Morales

8-M, agua

 

    Un año más llega el 8 de Marzo. Una vez más, la prensa escrita, la televisión y algún que otro programa de radio se acordarán de las mujeres. Dirán, como siempre, que el movimiento de liberación empezó en los años sesenta, que en España tardó algo más en coger fuerza porque gobernaba un señor bajito al que las gritonas quemasujetadores no le gustaban nada, que el feminismo ha alcanzado logros importantísimos como el voto femenino o el derecho a incorporarse a la vida laboral. Algunos incluso recordarán aquello de que en una fábrica inglesa hubo un incendio, murieron un montón de trabajadoras, y por eso ahora las hembras del mundo se visten de morado el día ocho del mes tercero de cada año (sobre el nacimiento de esta fiesta ginocéntrica, para quien quiera ir un poco más allá, recomiendo el libro Los orígenes y la celebración del Día Internacional de la Mujer, 1910-1945, de la historiadora Ana Isabel Álvarez González). Luego llegará el “pero”. Somos estupendas y hemos conseguido mucho, pero seguimos chocando contra el techo de cristal en nuestros ascensos laborales, seguimos cobrando menos que los hombres por hacer el mismo trabajo, seguimos sin estar liberadas del peso de las cargas familiares, seguimos sin compartir realmente el trabajo doméstico al cincuenta por ciento, y seguimos muriendo asesinadas por haber nacido con vagina.

    Aunque para esto se nos ha dado otro “día de”, el 25 de noviembre, creo que hay derecho también a que el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer (Trabajadora, en principio) nos acordemos de la violencia de género. Primero, porque si tuvieran un trabajo digno, muchas víctimas de golpes y humillaciones podrían dejar de serlo; segundo, porque también sufren violencia miles de mujeres trabajadoras, y el maltrato tiene consecuencias directas sobre su vida laboral; y tercero, porque en los centros de trabajo se da una forma concreta de violencia machista: el acoso sexual. Sobre todo ello se están realizando estudios, pero se está hablando bastante poco. El silencio, como de costumbre, es la mejor baza de los violentos, de los partidos políticos que no están por la labor de alcanzar una igualdad real para hombres y mujeres, de las instituciones que sólo piensan en morado en fechas concretas como el 8-M. En esta batalla por lo que nos corresponde, las mujeres no encontramos muchas veces más que buenas intenciones que se quedan en agua de borrajas. Y entre tanta agua, se nos están ahogando demasiadas hermanas.

    Cuando aparecen en prensa casos de malos tratos, los reporteros no suelen acordarse de la falta de trabajo como factor que obliga a las víctimas a seguir viviendo con sus verdugos. Se habla de crímenes pasionales, de problemas de alcohol, de locura transitoria… todo desde el punto de vista de quien daba los golpes. Casi nadie pregunta en público a las víctimas qué necesitan para salir del infierno. Al mirarlas a los ojos y prestarles un poco de atención, aparece siempre el fantasma de la dependencia económica: “¿dónde voy a ir yo?”, “no puedo pagarme un piso”, “no podría mantener a mis hijos”, “yo no sé hacer nada”. Años de vivir del sueldo del marido las convierten en esclavas de pensamiento, palabra y obra. Muchas víctimas no se atreven a dejar a sus maltratadores porque no tienen medios para seguir adelante solas. Otras muchas han aprendido, a fuerza de escuchárselo a ellos (y al mundo en general), que su trabajo en la casa no tiene ningún valor, que son inútiles para todo menos para cocinar, fregar, criar niños… como si eso no requiriese habilidad ninguna.

    También hay trabajadoras con puestos fuera del hogar que sufren violencia. Mucha gente diría que ellas lo tienen más fácil. Cierto, cuentan con un sueldo propio. Pero también tienen un sitio fijo donde de ocho a tres, o cualquiera que sea su horario laboral, el hombre que las maltrata las puede localizar. Cuando se presenta una demanda de separación y el agresor sistemático se vuelve acosador, persiguiendo, amenazando y no dejando vivir tranquila a su víctima, el lugar de trabajo es una pista fácil. Aunque afortunadamente, si las/os colegas se han puesto las gafas moradas y han visto la situación, también puede convertirse en un lugar seguro. He visto mujeres apoyar a sus compañeras ante parejas violentas, y eso no se paga con dinero. Entonces sí que ir a trabajar es un placer… para las que todavía pueden.

    Entre las consecuencias más graves de la violencia de género están las que afectan a la vida laboral de las víctimas (la de los agresores también puede verse perjudicada, pero permitan que me preocupe algo menos por ellos). Según el forense Miguel Lorente, especialista en el tema de la agresión a la mujer, las víctimas de violencia sistemática del hombre cuando trabajan tienen un salario inferior a las que no sufren maltrato (¿tal vez porque una mujer violentada acepta cualesquiera condiciones con tal de tener un mínimo de independencia económica y unas horas fuera de la prisión de su hogar?). Además, sigue diciendo Lorente en su estupenda obra Mi marido me pega lo normal, como consecuencia del maltrato, las mujeres se ausentan más del puesto de trabajo, aumentando el absentismo y disminuyendo el rendimiento (lo cual puede causar presiones de los superiores e incluso su despido). ¿Van viendo, como sugería al principio, una relación entre este 8 de Marzo y el resto del año en la vida de una mujer maltratada?

    Por último, aunque no menos importante, quiero acordarme hoy del acoso sexual en el trabajo, forma de violencia de género sobre la que aún nos queda mucho por hacer. Afortunadamente, hay ejemplos que se han hecho públicos y hay expertas que empiezan a dedicarle la atención necesaria. Porque ya está bien de hablar de mobbing (término muy de moda aplicable a hombres y mujeres acosados en sus empresas, pero sin connotaciones de género concretas) y de hacer películas donde la mujer es la que utiliza su poder para abusar del pobre y atractivo empleado (quizá si todas fuésemos Demi Moore y todos fueran Michael Douglas podríamos tomárnoslo en serio). El acoso sexual en el puesto de trabajo es fundamentalmente, como el maltrato en el hogar y la violación, una forma de violencia de un hombre sobre una mujer, donde el hombre se sitúa en una posición de mayor poder que su compañera y pretende lograr de ella favores sexuales sin importarle lo más mínimo su opinión o sus deseos. Como nos recuerda Marie-France Hirigoyen, que ha estudiado el acoso en todas sus variantes, el agresor entiende que la mujer acosada sexualmente está a su disposición, no le cabe en la cabeza que ella pueda negarse a sus proposiciones. Y si lo hace, padecerá humillaciones, nuevas agresiones e incluso pagará el precio de perder su puesto de trabajo.

    Visto lo visto, sigo pensando que el 8-M hace aguas si no se habla de violencia. Porque nuestra vida laboral, como el resto de nuestra existencia como mujeres, está condicionada por el derecho que creen tener algunos hombres a utilizarnos como alfombras, sacos de boxeo, muñecas hinchables y mulas de carga. Como mujeres trabajadoras que somos todas (unas entre las paredes de su casa, otras fuera, casi todas dentro y fuera), tenemos que exigir que desaparezca el techo de cristal (una forma de violencia estructural del patriarcado disfrazada de normalidad), que se acaben las discriminaciones para las mujeres que quieren combinar la vida laboral con la maternidad (y que no me cuenten lo de los cien euros del PP, que me da la risa), que los sueldos sean de verdad iguales por realizar las mismas tareas. Pero también debemos reclamar que se acabe la violencia en los hogares para que las mujeres puedan ir a trabajar sin vergüenza de sus heridas, para que no falte mañana otra vez esa compañera que siempre tropieza con las puertas. Debemos pedir a los amos del cotarro que vigilen a empresarios y jefazos, que no pierdan de vista a esos gallos de corral que piensan que tener secretaria es garantía de tener una amante sumisa y siempre disponible. Y tenemos que echar un vistazo alrededor, mirarnos a los ojos y tendernos una mano mutuamente para que pueda seguir creciendo esta red imparable de mujeres que no piensan tolerar ni una derrota más en las casas, en las calles ni en los puestos de trabajo. Para que la próxima vez que digamos “8-M”, los violentos de este mundo tengan que decir “hundido”.

MARTA FERNÁNDEZ MORALES
martafmorales@hotmail.com