Manifiesto de las invisibles

Publicado en el Nº 0 de la revista del Consejo de la Mujer del Ayto de Langreo
("Langreo visto con ojos de mujer") nov.2002

Manifiesto de las invisibles

 

Cuando alguien nos pide que hablemos, escribamos, demos una charla o lo que sea sobre el problema de la violencia de género, siempre decimos que sí. Primero, por aquello de la educación. Después, porque es de bien nacidas el ser agradecidas, y no abundan las oportunidades de hacer público este tema de una forma digna. Y sobre todo, porque lo que no se nombra no existe, y las mujeres estamos muy hartas de ser invisibles. El problema de la violencia contra la mitad de la población nacida hembra tiene que hacerse enorme, crecer como un globo de helio, subir sobre nuestras cabezas y reventarnos encima para que todos y todas nos demos por enterados. Hace falta hablar de ello en los cafés, en las casas, en los colegios, en la prensa, en la parada del autobús, en el baño de señoras y en el de caballeros. Porque nombrarlo es hacerlo tangible, real y, por lo tanto, posible de solucionar. Y ya va siendo hora de que encontremos una solución.

Para empezar a buscar la salida a esto que se ha dado en llamar “una terrible lacra social” (y lo es, pero ya suena a etiqueta gastada), hay que empezar por conocer las causas. Detrás de la violencia de género no están ni el alcoholismo, ni el paro, ni las drogas, ni la marginación, ni la enfermedad mental. Por supuesto que entre los maltratadores, violadores, acosadores sexuales y demás hombres que se creen con derecho a sacudirnos como alfombras física y psíquicamente puede haber adictos a la heroína, y desempleados, y pobres, y psicópatas. Pero también hay violentos que son jueces con buen sueldo, abstemios, hombres sanos que nunca han visto una pastilla de éxtasis, políticos altos, fontaneros rubios y bibliotecarios con un diente de oro. El único factor que aglutina a los responsables de la violencia de género es su masculinidad (biológica, sexual o adquirida culturalmente). También hay violencia en algunas parejas homosexuales. En ellas, suele ser el miembro que ha tomado el rol masculino el que ejerce el maltrato sobre el otro, visto siempre como susceptible de dominar, inferior, más debil, en definitiva: femenino.

El hecho de haber nacido mujer en la mayor parte de las culturas de este mundo nuestro también tan maltratado nos marca como diferentes, como “el otro” para quienes se niegan a aceptar que la igualdad real pueda existir. Todo lo concebido con extraño se feminiza Así, al enemigo en la guerra, sea hombre o mujer, se le humilla sin piedad. Si es hombre, se le niega la virilidad, se le castra (literal o figuradamente), volviéndolo inútil en una sociedad falocéntrica. Si es mujer, cómo no, se la viola. Como diversión para el soldado, como prueba de dominio, pero también como castigo al hombre de su raza, de su pueblo o de su familia, para demostrarle que se le puede destruir rompiendo las entrañas y la paz de quien le dio a luz. La mujer violentada no es vista como un ser humano, sino como un símbolo: del poder arrebatado, de una cultura que se quiere destruir, de un género que el hombre ha de mantener estrechamente definido y controlado si no quiere verlo convertido en su igual.

Esta concepción de la mujer no tiene nada que ver con las clases sociales ni con la enfermedad mental. El origen primero de la violencia de género está en una educación basada en la desigualdad, en una sociedad carente de equilibrio entre los sexos que crea miles de machistas inseguros que se sienten obligados a reafirmarse con los puños. Si no empezamos a trabajar cimentando la igualdad desde la infancia, poco se podrá hacer por las mujeres maltratadas de esta tierra. Si no exigimos desde todos los foros posibles un cambio radical en este sistema que crea monstruos y luego nos niega el derecho a levantarnos contra ellos - porque no hay mayor aberración que una mujer violenta -, no habrá salida para las que siguen muriendo al vertiginoso ritmo de más de una por semana sólo en España (terrorismo de género 1- terrorismo político 0). Si la ley integral contra la violencia de género no deja de ser un arma electoral para pasar a ser una realidad, los juzgados seguirán siendo puro circo. Si los medios de comunicación no cesan en su complicidad con los verdugos, habrá muchas más Anas Orantes. Y si tú, mujer que ahora nos lees, no sales a la calle convencida de que tu vida vale tanto como la de cualquier hombre, y no transmites eso a tus amigas, tus hijas, tus vecinas, tus compañeras de trabajo, habremos perdido otra batalla. Y no podemos permitirnos ni una derrota más. Cada paso en esta lucha está costando demasiadas vidas. Nosotras nos negamos a ver una gota más de sangre derramada. Nos falta saber qué vas a hacer tú al respecto.

Asociación contra la Discriminación y la Violencia de Género Maeve
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