REFLEXIONES
Y PREOCUPACIONES ACERCA DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO
Nos gustaría aprovechar la oportunidad que nos
brinda la Fundación Emilio Barbón, para plasmar
algunas reflexiones sobre determinados aspectos
de la violencia de género, que desde nuestra
asociación consideramos constituyen importantes
escollos para la comprensión, por nuestra
sociedad, de ciertas actitudes de una mujer
maltratada.
Intentaremos arrojar un poco de luz sobre la
cuestión, pues como sostenía Cervantes en El
Quijote, el desconocimiento favorece la
distorsión y para el ojo desentrenado una cosa
puede parecer otra, así lo que para Sancho eran
ventas para el Quijote eran castillos.
Conocer el proceso de violencia, cómo se genera
y mantiene es fundamental para entender el
comportamiento y los sentimientos de una mujer
maltratada.
Los malos tratos empiezan, a veces durante el
noviazgo, otras veces al comenzar la
convivencia, existiendo datos que cifran entre
un cuarenta y un sesenta por ciento, las mujeres
que han sido maltratadas durante el embarazo.
En toda sociedad patriarcal el hombre ha
interiorizado roles y valores tradicionalmente
masculinos que le hacen sentir con derecho a ser
cuidado, atendido y complacido por la mujer, que
a su vez hace suyos valores de servicio,
comprensión, conciliación, sumisión, obediencia,
resignación…. A las mujeres siempre se las ha
hecho responsables de la armonía en el hogar
-baste recordar el famoso “reposo del
guerrero”-, del mantenimiento de la unión de la
familia, de la fuerza del amor para cambiar a su
pareja. No nos puede extrañar por tanto que
interiorice como un fracaso personal el hecho de
que su matrimonio no funcione. La
educación recibida, la sociedad, las distintas
religiones, la familia, le han grabado a fuego
que esa es su parcela y su responsabilidad.
Además, el abandono de la situación
de violencia es un proceso que abarca distintos
periodos. Tras una cierta sorpresa inicial ante
el maltrato, sigue la negación del mismo. La
mujer intenta negarse a sí misma que está siendo
maltratada. Otra fase del proceso es la
culpabilidad. La mujer maltratada intenta buscar
alguna justificación a la conducta de su marido,
en su intento de restarle responsabilidad. Muy
pronto encuentra referentes para su propia
culpabilidad, ya que él se afana en justificar
su conducta violenta.
La fase que sigue -teniendo en cuenta las
anteriores premisas- no es de extrañar que sea
la de aguante de esa relación violenta.
En este punto, todavía está lejano el momento en
que la mujer se decida a romper con su
maltratador y más lejos aún la ruptura
definitiva, ya que por la propia dinámica del
círculo de la violencia -Leonor Walker “The
battered women” (“Las mujeres maltratadas”)-
habrán de ser varios los intentos de salida de
la mujer, hasta que consiga por fin iniciar su
recuperación.
Además, es de tener en cuenta que
lo que desde fuera puede parecer una actitud
pasiva por parte de la mujer, puede ser
interiorizada por ella como un medio para
conseguir seguridad económica para sus hijas e
hijos; transigen para conseguir un mínimo de paz
en el hogar o esperan lo que –equivocadamente-
consideran un momento más adecuado para la
ruptura, todo ello sin olvidar que el miedo, el
pánico, el terror siempre están presentes.
A menudo las mujeres víctimas de violencia de
género son sometidas a críticas tanto por la
sociedad como -lo que es todavía más grave- por
las y los profesionales intervinientes. Así, son
tachadas de incoherentes cuando -fruto de su
deterioro psicológico y con su voluntad
totalmente disminuida o incluso viciada- tratan
de impedir que el peso de la ley caiga sobre su
agresor, bien retirando denuncias, bien
solicitando indultos o el cese de las medidas y
penas de alejamiento que se hubieren acordado.
Nos olvidamos que desde hace siglos, en nuestra
sociedad patriarcal a las mujeres se nos han
inculcado los valores a los que antes hacíamos
alusión, haciendo recaer sobre nosotras la
responsabilidad de que una familia vaya adelante
o fracase.
Quién, ante el ataque de furia de un hombre, no
recuerda frases, como “mujer son repentes”,
“los hombres son así”, “hay que comprenderles
porque están sometidos a muchas presiones… “
Pues bien, cuando demuestra haber sido una buena
alumna, haber aprendido la lección y haber hecho
los deberes, la juzgamos y la tachamos de tonta
en el mejor de los casos, cuando no de
masoquista.
En cambio, en la Asociación Maeve sostenemos que
a las mujeres maltratadas, se les exige una
coherencia que la propia sociedad no tiene.
Coherencia, es lo que deberían exigirnos ellas
porque, después de haber grabado a fuego en sus
mentes todos estos valores y actitudes, ahora
les exigimos firmeza, que no vacilen, que no
retrocedan, que hagan tabla rasa de presiones,
sentimientos de culpa, amenazas y mensajes de
todo tipo, ya sea del entorno del maltratador, o
directamente de éste cuando quebranta medidas o
penas de alejamiento y prohibición de
comunicación.
Por utilizar un símil de fácil comprensión en
una cuenca minera, es como sí a un minero que ha
estado atrapado bajo el carbón unos cuantos
días, a su salida al exterior de la mina tras el
rescate, le advirtiéramos ¡hombre vale, lo has
pasado muy mal todo este tiempo pero ahora,
¡atención! ¿eh? que vas a ver la luz, así que
no se te ocurra parpadear, porque debes
aprovechar que ¡por fin! el horror ha pasado.
Seguro nos chocaría la rigidez de
esta exigencia. Naturalmente que después de
tiempo “sin ver la luz” la actitud es de
parpadeo, de vacilación, porque la adaptación a
esta nueva situación, sin duda más positiva,
requiere esfuerzo.
También debemos recordar que, desde hace siglos
están perfectamente identificados y previstos en
nuestro ordenamiento jurídico los llamados
vicios de la voluntad, como también están
previstas sanciones jurídicas para los supuestos
en que estos vicios queden probados. Pues bien,
si no juzgamos a quien, engañado compra una casa
a quien no era su dueño, creyéndolo tal, por qué
juzgamos a una mujer maltratada que, engañada
con la falsa promesa de cambio de su pareja,
vacila, duda y finalmente da marcha atrás en el
proceso ya iniciado.
Solemos entender que una madre a la que maltrata
su hijo, le perdone, intente retirar denuncias,
medidas o penas de alejamiento. En definitiva,
entendemos que intente evitar el castigo penal
de su hijo. ¿Por qué entonces, no solo no
entendemos, sino que juzgamos la conducta de la
mujer cuando quien la agrede es su marido o su
pareja?
Respetamos también que una persona secuestrada
desarrolle sentimientos positivos y de empatía
hacia sus secuestradores, porque los estudiosos
del tema le han dado un nombre a esa reacción
por parte de las víctimas de secuestros,
Síndrome de Estocolmo. ¡Por qué entonces
tachamos de incoherente a la mujer víctima de
violencia de género, que tiene esos mismos
sentimientos, no ya hacia un auténtico
desconocido, sino hacia su marido, su pareja,
el padre de sus hijas o de sus hijos, el abuelo
de sus nietas y nietos.
¿Por qué entonces perdemos el tiempo juzgando a
las víctimas, en lugar de juzgar a los
agresores.?
LOS PRETENDIDOS PERFILES HUMANOS
Otro aspecto que a nuestro juicio favorece la
distorsión, es el tema de los perfiles humanos.
Se ha discutido mucho sobre la existencia de
perfiles, tanto respecto del maltratador como de
la víctima. Se habla de factores sociales,
genéticos ambientales…
Así, nos muestran como comunes denominadores de
la personalidad del maltratador, la inseguridad,
la debilidad emocional, el complejo de
inferioridad que trata de ocultar tras actitudes
despóticas…. En cuanto a la mujer maltratada,
las características que suelen tomarse como
perfiles, son en realidad efectos de esa
experiencia de maltrato. Se ha de tener en
cuenta que conocemos a la víctima después de
haber padecido violencia durante varios años. Se
calcula entre cinco años y medio -según los
estudios más optimistas- hasta diez años, según
otros estudios.
Nos encontramos con una mujer en un estado de
bloqueo emocional e intelectual, con una
bajísima autoestima; sumisa, indecisa, con
escasa personalidad y un carácter débil. Se
confundirían así los efectos del maltrato con
las causas, dando lugar a la aparición del
perfil de mujer maltratada.
En la Asociación Maeve coincidimos con otros
estudios, que sostienen que la violencia contra
la mujer, es un tipo de violencia ideológica,
producto de una sociedad patriarcal,
fundamentada en la consideración de la mujer
como un ser de naturaleza inferior, una
ciudadana de segunda categoría a la que se
considera -prácticamente- una propiedad más del
varón y sobre la que se debe ejercer un férreo
control que posibilite el mantenimiento del
estatu quo de poder existente.
Pensamos que la cuestión de los perfiles no deja
de ser una simplificación en el análisis de este
grave problema social, que nos aleja del
carácter ideológico de este tipo de violencia y
dificulta la realización de un adecuado
diagnóstico en cada situación concreta.
Hay que admitir que la tentación es grande y que
nuestra sociedad dormiría mucho más tranquila si
tuviéramos un patrón claro de maltratador y
maltratada, ya que reduciendo este problema a
determinados o minoritarios segmentos de
población, el resto podría respirar aliviada de
sospecha. Sin embargo, la realidad casi siempre
es tozuda y semana a semana nos pone de
manifiesto que cualquier mujer puede se víctima
de violencia, sea cual sea su nivel social,
cultural, económico, el color de su piel, su
nacionalidad, religión….
Utilizando un juego de palabras afirmaríamos que
el único perfil es que no hay perfil y
coincidimos con Miguel Lorente –actual Delegado
del Gobierno contra la Violencia de Género- en
que, en todo caso, el perfil de maltratador
sería de esta contundencia: hombre, varón, de
género masculino.
Si le damos la vuelta a la definición, lo mismo
podríamos decir del perfil de la mujer
maltratada: mujer, hembra, de género femenino.
MITOS DE LA VIOLENCIA QUE SE EJERCE CONTRA LAS
MUJERES
Muy relacionado con lo anterior, se encuentra el
tema de lo que se estudia como mitos de la
violencia de género.
En la actualidad y pese a la gran diversidad
social, cultural, económica, de edad,
procedencia… de los hombres que un día sí y otro
también aparecen en nuestros medios de
comunicación social como asesinos de sus parejas
o exparejas, siguen existiendo en nuestra
sociedad numerosos mitos o falsas creencias
sobre la violencia de género.
Estas creencias no hacen más que
dificultar la correcta identificación de este
tipo de violencia, perjudicando gravemente la
realización de un acertado diagnóstico del
problema, primer paso hacia un adecuado
tratamiento del mismo.
Algunas de estas falsas creencias son:
- El maltrato a la mujer solo se
da en capas sociales bajas, entre personas sin
recursos y que se encuentran en situación de
exclusión social.El nivel de educación
de agresor y víctima es bajo.
Nada más lejos de la realidad, la violencia
contra las mujeres no conoce de clases sociales,
ni de niveles culturales.
- Los maltratadores son alcohólicos
y drogadictos y por tanto, maltratan por efecto
de esas sustancias.
Respecto
a este mito, es necesario decir que desde el
momento que existen alcohólicos y drogadictos
que no maltratan, se rompe la ecuación alcohol y
otras drogas = maltrato. Las personas estudiosas
del tema afirman que el alcohol actúa únicamente
como desinhibidor de una conducta, que el sujeto
tiene adquirida. No genera una conducta
violenta, únicamente desinhibe una ya
preexistente.
- El maltratador es un enfermo mental ya que
si estuviera en su sano juicio no maltrataría. Esto
se argumenta con más fuerza cuando además de
asesinar a su pareja o expareja, asesina a sus
hijas e hijos.
Pues bien, los enfermos mentales en criminología
aparecen como víctimas de abusos diversos y solo
puntualmente, como agresores. Parece este mito
difícilmente compatible con el carácter
selectivo de la violencia ejercida por el
maltratador que, lejos de no poder controlar
contra quien dirige su violencia, la focaliza
siempre sobre la persona ligada a él por una
relación sentimental. El agresor machista da
muestras de tener una conducta perfectamente
enfocada a conseguir un fin concreto, es
consciente de lo que hace, de por qué y para qué
lo hace; mantiene el control de la situación;
sabe cuando debe ejercer esa violencia y qué
tipo de violencia ejercer en cada
momento.
- La violencia de género se ejerce
principalmente sobre mujeres mayores, por
parejas también de edad avanzada, como residuo
de una concepción de la mujer trasnochada
marcada por una educación machista. Ahora las
cosas ya han cambiado porque entre la juventud
ya haya otra mentalidad.
Para rebatir este argumento solo es preciso ver
las estadísticas que reflejan que existe
maltrato en todos los segmentos de edad y que el
grueso de las mujeres maltratadas tienen entre
35 y 64 años. De hecho en nuestra asociación,
atendemos a mujeres cada vez más jóvenes.
CUESTIONES QUE DIFICULTAN LA RUPTURA
Los comportamientos de las mujeres maltratadas
son -como apuntamos- difíciles de entender.
Familiares, amistades, incluso profesionales de
ámbitos como la justicia, la sanidad, la policía
o los servicios sociales, no entienden por qué
una mujer puede llegar a aguantar durante tanto
tiempo una situación de violencia, por qué no
cortan con la relación, por qué retiran las
denuncias, perdonan a sus agresores o vuelven
con ellos.
Es significativo en sí mismo, el hecho de que
haya que explicar la conducta de la víctima,
siendo la conducta del maltratador la que
habría que enjuiciar.
La violencia contra la mujer -como violencia
específica que es- tiene a su vez
características y consecuencias específicas.
Durante siglos la violencia ha servido para
controlar, dominar y someter a personas y grupos
sociales, a través de la fuerza física o de
amenazas se ha impedido a muchos seres humanos
el disfrute de sus derechos, imponiendo y
limitando la libertad de movimientos, la libre
expresión de sus ideas, ya fuesen políticas,
religiosas, personales, etc.
La violencia se ha basado en la supuesta
superioridad de una raza o un pueblo sobre otro,
de una clase social, económica o política sobre
otras, de una religión, cultura o ideología
frente a otra. Por tanto y en este sentido,
hombres y mujeres sufrimos muchas clases de
violencia en común. La guerra, la violencia de
raza, de clase, etc. Pero además existe una
violencia específica que solo se ejerce contra
las mujeres, que solo sufrimos las mujeres por
el mero hecho de serlo. Esta violencia se ha
utilizado como instrumento para mantener la
discriminación, la desigualdad, en definitiva,
para mantener las relaciones jerárquicas y de
poder de los hombres sobre las mujeres.
En los países del llamado primer mundo, existe
una igualdad formal entre hombres y mujeres.
Nuestra Constitución en su artículo 14 así la
consagra, pero la realidad es que materialmente
somos desiguales.
Pues bien, el desequilibrio de poder entre
hombres y mujeres se extrema en los casos de
violencia. La violencia de género implica
siempre una relación en la que el hombre domina
a la mujer, no es por tanto una violencia entre
iguales, sino que siempre conlleva una
desigualdad en la que la mujer tiene el peor
papel.
Hay que tener en cuenta que el maltrato suele
comenzar con conductas de control psicológico,
difíciles de percibir como negativas por la
mujer, ya que suelen revestirse de una
apariencia amorosa, son conductas restrictivas y
controladoras que de forma sutil y sin que la
mujer se dé apenas cuenta, van minando su
capacidad de respuesta y decisión. Con este tipo
de control, el maltratador pretende conseguir el
aislamiento de su pareja, de su entorno
familiar y social para que así cada vez se
sienta más dependiente de él. Ejemplo de ello
son el control de las salidas de la mujer, la
censura de su ropa y aspecto físico, de sus
relaciones de amistad, laborales…
Hay que resaltar que este tipo de conductas son
el germen del maltrato y que se aprecia sobre
todo al principio de la relación de pareja.
Constituyen un considerable peligro tanto por su
apariencia inocua -ya que incluso son valoradas
por la mujer como manifestaciones de interés y
amor- como por su impacto en segmentos de
población muy joven.
Por otro lado, sin duda alguna, si a una mujer
le dan la primera paliza en el segundo café que
se toma con el maltratador, le sería mucho más
fácil romper esa relación. Este dato el agresor
lo conoce, de ahí que utilice en cada momento
la dosis necesaria de violencia para conseguir
su objetivo, sin que la mujer corte esa
relación.
Otro factor favorecedor del mantenimiento de la
violencia, es el hecho de que los malos tratos
los ejerce un hombre con quien la mujer mantiene
o ha mantenido un vínculo afectivo y amoroso,
con el que comparte su vida y que, las mayoría
de las veces es también el padre de sus hijas e
hijos, o el abuelo de sus nietas o de sus
nietos. Por tanto los sentimientos hacia él son
mucho más complejos que los que se dan ante la
violencia cometida por una persona extraña y
desconocida. La mujer con frecuencia piensa que
aunque ella no pueda tener un marido, al menos
no va a privar a sus hijas o a sus hijos de
tener un padre. Se equivoca, porque existe una
considerable posibilidad de que esas niñas y
niños, socialicen la violencia y en su vida
adulta, demuestren un alto nivel de tolerancia a
la misma, ya sea en el lado activo o pasivo de
la relación violenta.
Los malos tratos se ocultan tanto por los
hombres que los ejercen como por las mujeres que
los sufren. Las mujeres hemos sido socializadas
para proteger la imagen de los hombres. En la
mayoría de las ocasiones, los hombres que
maltratan tienen una buena imagen pública, son
incluso seductores y encantadores en las
relaciones sociales, siendo en el ámbito
privado donde los hombres se sienten legitimados
para ejercer la violencia. En ocasiones es la
propia víctima la que alimenta esta imagen, por
lo que tiene miedo de no ser creída en su
relato, consciente como es de la buena imagen
que el maltratador tiene en su entorno.
Por otro lado, los malos tratos no son hechos
aislados sino que se prolongan en el tiempo, por
lo que van debilitando gradualmente las defensas
físicas y psicológicas de las mujeres.
Otro factor que dificulta la ruptura de la mujer
maltratada con la relación de violencia es que
sienten vergüenza de no ser capaces de pararla
ni de protegerse ni a sí mismas, ni a sus hijas
e hijos. Se avergüenzan también por no haber
sabido cambiarle. Estos sentimientos impiden a
las mujeres contar lo que les pasa y pedir
ayuda.
Las mujeres hemos sido educadas y socializadas
para mantener y cuidar las relaciones, para ser
buenas esposas y madres. No ha de extrañarnos
después que se sientan frustradas si la
principal tarea que la sociedad les ha
encomendado, no ha salido bien. Todo esto se
vuelve contra ella y trata de entender, quitar
importancia e incluso justificar o negar la
relación de violencia que padece.
La violencia contra las mujeres, hasta hace
pocos años no ha sido reconocida socialmente
como una realidad de extrema gravedad que hay
que enfrentar y eliminar. Ha estado naturalizada
y tolerada, formando parte de nuestra cultura.
Es de hacer notar en este sentido, la diferencia
en el grado de tolerancia respecto de otras
violencias como la racista o la terrorista, a
pesar de causar menor número de víctimas que los
malos tratos.
INCIDENCIA EN MUJERES INMIGRANTES
Otro aspecto de la violencia de género que no
queremos dejar de mencionar y sobre el que ,en
este último año, se ha hablado mucho, es el
elevado porcentaje de nacionalidades extranjeras
entre las mujeres que engrosan la dramática,
conmovedora, trágica, desgraciada, pero sobre
todo vergonzosa, lista de víctimas mortales de
la violencia machista.
Este hecho, viene a refutar el carácter
ideológico que presenta la violencia de género.
Una violencia cuyo caldo de cultivo es la
consideración de la mujer como un ser inferior
al hombre y por tanto disponible por él.
Disponible su cuerpo, disponible su mente,
disponible su destino …, disponible su vida.
Resulta innegable que existen países en otros
continentes en los que las desigualdades entre
sexos están más acusadas. Países donde la mujer
se encuentra totalmente subyugada al hombre.
Sin embargo, sería peligroso focalizar este
problema en la población inmigrante.
En el llamado primer mundo -dentro del cual se
supone que nos encontramos- existe una
sospechosa tendencia a situar las miserias
humanas en lo que se ha dado en llamar el tercer
mundo. Debemos tener igualmente en cuenta que en
ocasiones aunque la víctima sea extranjera –
ello no implica que necesariamente sea
inmigrante- el agresor es español, o viceversa.
El hecho de que en este año que finaliza hayan
sido asesinadas muchas mujeres extranjeras - en
torno al 40% - no debería llevarnos a bajar la
guardia, atribuyendo el mantenimiento de las
escalofriantes cifras de víctimas, al colectivo
inmigrante. Deberíamos en cambio concluir que
las mujeres inmigrantes constituyen un colectivo
de especial vulnerabilidad, sobre el que hay que
actuar de manera específica, articulando medidas
que faciliten su salida de la relación
violenta.
En este sentido, nos preocupa tremendamente la
instrucción 14/2005 de la Secretaría General del
Estado - de obligado cumplimiento para las
Fuerzas de Seguridad del Estado- por la que,
detectándose una situación de irregularidad en
territorio español al tratar un caso de
violencia de género, ello conllevaría la
inmediata apertura de un expediente de expulsión
a la mujer maltratada. Amnistía Internacional ha
pedido su retirada desde su publicación.
En la práctica provoca que una mujer extranjera
-ante la posibilidad de ser expulsada- no
denuncie su maltrato ya que, para ella y pese a
todo, puede resultar incluso más dura la vuelta
a su país de origen.
TRASCENDENCIA DE LA FORMACIÓN DE LAS Y LOS
PROFESIONALES
Por último trataremos acerca de otra
preocupación que constituye uno de los grandes
caballos de batalla de la asociación Maeve desde
su creación.
Se trata de la formación de las y los
profesionales que han de intervenir en un caso
de violencia de género. Precisamente, nosotras
nacemos de esa preocupación porque los
servicios públicos funcionen, para lo que
estimamos absolutamente imprescindible la
preparación de las personas que los integran.
Su formación es trascendental,
porque de ella va a depender el resultado final
de una concreta situación de violencia; va a
implicar que el enorme esfuerzo que para la
mujer supone tomar la decisión de romper esa
relación violenta, valga la pena. De esa
profesionalidad va a depender que la mujer se
sienta amparada como víctima o piense que no ha
merecido la pena.
Porque aunque pueda resultar chocante o duro,
por más recursos de largo nombre que se creen,
por más órganos especializados sin
especialistas, por más…., por más….
Mientras la sociedad siga transmitiendo valores
distintos para mujeres y hombres; la
coeducación siga siendo la eterna asignatura
pendiente, continuemos educando a nuestras y
nuestros menores conforme a patrones
tradicionales que asignan principios, valores y
actitudes distintas para niñas y niños y se siga
analizando la conducta de la mujer, antes de
reprochar la del maltratador, seguirán siendo
asesinadas.
Si los Juzgados de Violencia sobre la Mujer,
fueran realmente especialistas y los operadores
jurídicos evitaran pasar las leyes por el tamiz
de su ideología patriarcal, no encontraríamos
escandalosas resoluciones judiciales; si la
asistencia psicológica especializada fuera
inmediata, evitaríamos que la mujer diera otra
oportunidad a su agresor; si se potenciara en el
ámbito de la sanidad su trascendental papel de
detección, se facilitaría que afloraran
situaciones de violencia encubierta; si la
vigilancia de medidas y penas de alejamiento
fuera rigurosa, se impedirían reiterados
quebrantamientos que tanto perturban la
recuperación de la mujer y que, en ocasiones,
terminan con su vida.
¿Y qué decir de los medios de comunicación? Nos
daría para otro artículo. Pese a los sucesivos
protocolos de actuación suscritos sobre
violencia contra las mujeres, su tratamiento
dista mucho de ser riguroso. Así, nos siguen
mostrando los asesinatos de mujeres como
consecuencia de los celos, el alcohol, el paro,
la piedad o la enfermedad mental. Siguen
enjuiciando a las víctimas antes que al
maltratador y se afanan -eso sí- en llevar la
cuenta de mujeres asesinadas, como si de un
problema matemático se tratara.
Sin embargo nos gustaría terminar
este artículo con un tono optimista. No podemos
resignarnos a llevar el escalofriante cómputo de
mujeres asesinadas. Pese a todo, hay motivos
para la esperanza. No queda otra. Las
administraciones, los poderes públicos, las
instituciones, asociaciones, profesionales,
particulares, en definitiva, la sociedad en su
conjunto, ha de afrontar como un reto común la
erradicación de la violencia de género, hemos de
remar todas y todos en la misma dirección.
Evitemos que esto siga ocurriendo. Aunemos
esfuerzos. VALE LA PENA.