La igualdad,
que ambiciosa pretensión, romper de lleno el
equilibrio de nuestra sociedad patriarcal. Sí,
esa sociedad que se encargó de una forma
encarecida de adjudicar roles y estereotipos
debidamente diseñados, donde los hombres se
encargan de la economía, el poder y la
responsabilidad, dejando para las mujeres una
“sencilla” y “descafeinada” labor, el cuidado de
nuestros hijos e hijas, de nuestros mayores, de
nuestras casas, de nuestra vajilla, de nuestros
suelos, de nuestras ropas, bueno ya sabéis, de
ese entretenimiento diario que todavía nos
permite tomar el café con las amigas después de
dejar a nuestros retoños en el colegio. Esa
labor monótona y aburrida que no requiere
ninguna profesionalidad ni cualificación pero
que son incapaces de hacer la mayoría de los
hombres, llamados triunfadores e inteligentes.
Pero no sólo existe en la actualidad por parte
de algunas mujeres esa pretensión, ilícita, para
muchos y muchas, sino que además los poderes
públicos, los distintos estamentos sociales y
algún que otro grupo político, apoyan tan
bárbara cruzada, creando entre otros recursos,
leyes tales como la actual ley contra la
violencia de género, donde se intenta proteger a
la mujer, para que de una manera libre, autónoma
y consciente, pueda abandonar a sus parejas
cuando estas las maltratan, humillan o vejan, o
cuando simplemente han perdido ese sentimiento
tan preciado y poco valorado como es el amor.
Oh! Que horror! Los hombres ya
no van a poder ser, de manera impune, infieles,
pederastas, abusones, o maltratadotes, porque
pueden,
pueden!!!, ser abandonados por sus mujeres.
Sería raro que ante tanto despropósito, no
surgieran en nuestra sociedad, de una manera
estratégicamente estudiada, antídotos que
contribuyan a contrarrestar tanto afán de
igualdad. Uno de ellos, es el Síndrome de
Alienación Parental, que a pesar de carecer de
respaldo científico alguno, es capaz de despojar
a la mujer de su bien más preciado, sus hijas e
hijos. Ya no es suficiente la violencia física y
psicológica a la que nos tienen acostumbradas,
sino que es necesario usar nuevas y novedosas
fórmulas, en forma de violencia institucional,
destinadas a combatir nuestra lucha por la
igualdad. Nuestra región tiene el dudoso honor
de estar a la cabeza en el diagnóstico de este
síndrome.
Lógicamente, la mujer, que debe de ser buena,
conciliadora, amorosa, perfecta en definitiva,
si por casualidad fallare en alguna de estas
obligaciones, será duramente castigada y penada,
porque claro está, si dentro de la igualdad,
también pretendemos tener derecho a ser igual de
imperfectas que ellos, entonces esto ya sería el
colmo, una auténtica conjura de necias,
difícilmente admisible.
Os
apoyamos y reivindicamos con vosotras, el
derecho a levantar la voz y a mirar de frente, a
no ser sumisas, a poder ser imperfectas y sobre
todo a querer a nuestros/as hijos e hijas de una
manera no impuesta.